Elixir y Veneno
Querido Lubbert D.,
Espero esta carta te encuentre bien, o no, espero esta carta te encuentre. El pecado me ha consumido y no soy más un ser humano, soy más un dolor. No me molesta; la angustia, la pena, son mi elixir convertido en polen. Florezco como nunca antes y me persiguen por ello. ¿Y qué? Tú sabes cómo es esto, conoces la transición de religión, a lujuria, asco, finalmente, a experiencia. Es algo grotesco, desesperante y, por sobre todo, hermoso. Mi locura es guía y te agradezco por esa enseñanza. Aquel consejo que hace mucho me proveíste, en uno de esos sillones maltratados: Bebe el abono del dolor y cosecha los nenúfares que brotan de tu mente.
¿Recuerdas? Cuando traías flores del campo en la bolsa de tu chamarra café, y reíamos, cantábamos, amábamos. Y no nos importaba nada más, solo el dulce olor del néctar y la ilusión de que esto jamás terminaría. Hoy, dudo de que en algún momento esas flores fueran puras; me perturba la idea de que, a cada ramo, el veneno brotaba de espinas imperceptibles. Lo sabías, lo disfrutabas, te encantaba ver cómo poco a poco me convertía en el loco tipo I, cuando yo era feliz siendo el tipo III. Me hubiera gustado mantenerme en ese estadío donde el único síntoma era el amor blasfemo; el infierno no sonaba tan mal cuando se llega ahí al entregarse por completo. No, no hay límite para la locura; no queda más que embarcar desde lo que quise ser, hasta lo que jamás pensé llegar a ser. Bebo el veneno de la mente, y cosecho las raíces del dolor. ¿Cuánto más debo consumir para alcanzar ese punto de locura, que me haga entender lo que es la vida? ¿Cuánto más debo soportar, para adorar la crueldad?
Subí a ese barco grisáceo del que hablaban, ese del que nadie vuelve, pero todos se ven tan emocionados por entrar. ¿Qué más da? Navegué por días, semanas, meses, años incluso. No existe el tiempo en el pensamiento; a cada abrir y cerrar de ojos, el paradigma parecía haber cambiado. No había manera de bajar, aunque tampoco tenía intención de hacerlo. Las olas sabían a lágrimas, no de la manera que el agua del mar solo sabe salado; tenían ese gusto culposo que recuerda al fin de un colapso. En algún momento, llegué a casa. Todo estaba tal cual como lo dejaste, mas no era lo mismo. No quise extrañarte, pero lo hice, no quise caer de nuevo en la pena, y eso es lo que cambió.
Las plantas se veían más vivas que nunca, el sol no quemaba y la cocina tenía un aroma a albahaca y jazmín. El dolor seguía aquí. Yo soy el dolor. Yo soy el miedo, pero más allá de eso, yo soy el amor. No a ti, no a lo que hubo ni a lo que habrá, solo a vivir, y es suficiente. Sea que la locura me ha llevado a este punto, y que ese barco no fue más que una ilusión, o que en verdad Dios me ha iluminado, creo, he cambiado.
Nada de lo malo me es ajeno, está en mí; el veneno corre por mis venas, brota por mis dedos, pero no hiere. ¿Y si siempre fue un antídoto? Quizás, amar, odiar, morir, vivir, son solo otras palabras para crear.
Sinceramente, yo, L. Das.
Elixir y Veneno I
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2026
Elixir y Veneno II
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Elixir y Veneno III
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Elixir y Veneno XI (Triptíco)
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